[RESEÑA] – «El hombre del cartel», de María José Ferrada, Editorial Alquimia, 2021

Por Israel Fortune

¿Has querido cambiar de trabajo? ¿Cuál sería tu trabajo ideal?

Algo parecido a estas preguntas me dio vueltas en la cabeza mientras leía “El hombre del cartel” de María José Ferrada

“El hombre del cartel” es una novela corta que se estructura en torno a la vivencia de Ramón, un hombre ya adulto que abandona su trabajo en una fábrica de PVC para dedicarse a uno nuevo y poco habitual, cuidar un cartel de Coca Cola ubicado cerca de los periféricos departamentos que habita. Esta experiencia y sus implicancias son narradas por el personaje de Miguel, un niño que guarda con el hombre del cartel cierta cercanía a través Paulina, una mujer joven y pareja de Ramón, que fue criada en parte también por la madre de Miguel.

El protagonismo del niño no es casual ni antojadizo. María José Ferrada ha centrado su basta producción literaria en obras dirigidas a lectores infantiles. En este sentido “El hombre del cartel”, una de sus últimas publicaciones, es su segunda novela dirigida a un público más amplio que, sin dejar de lado a las y los lectores más pequeños, se abre a un público de rango etario más amplio. Así, su profundo conocimiento sobre la psicología infantil le permite a la autora narrar la historia fluidamente desde la perspectiva de Miguel, quien cuenta los hechos desde lo que podría llamarse una “sencillez reveladora”.

Y es que la brevedad del libro y la limpieza narrativa de “El hombre del cartel” a ratos oculta y a ratos irradia una profunda visión respecto de las personas, la sociedad y la vida en general. A través de los eventos que narra, las metáforas que aparecen y los recursos literarios a los que echa mano, se constituye un texto que a ratos genera una especie de silencio interno en el lector o lectora, o dicho de otro modo, la necesidad de detenerse a mirar a dentro de nosotros mismos y nuestro alrededor, como si el libro frente a nosotros fuera en realidad un espejo que nos muestra lo que somos, y enfrentándonos a la incomodidad de no sentir precisamente conformidad o disfrute con la imagen que vemos.

“El hombre del cartel”, es un libro que puede analizarse en sí mismo, al igual que en el contexto de la producción de su autora, cuestión que de manera escueta he hecho hasta aquí. Sin embargo, también creo importante decir algunas cosas desde el punto de vista del lector, porque cuando leemos, lo hacemos desde nuestras propias vivencias e interpretamos de manera personal aquello que percibimos. En mi caso, situé la lectura en el momento específico en que ingresé a esta obra, es decir, los días previos y posteriores al 1° de mayo, día de las y los trabajadores. He querido por tanto centrarme en esta dimensión del libro para desarrollar algunas ideas más específicas, y que se relacionan con las preguntas enunciadas al principio de estas líneas.

El trabajo es un aspecto que aparece continuamente en el texto. No solo en torno al personaje de Ramón, sino que también de los otros, en un diálogo con sus formas de ser. La mamá de Miguel, es dueña de un pequeño almacén, para ella, es prueba de su capacidad de salir adelante sola con su hijo, ya que su marido la abandonó, para los demás, el lugar desde el que pone en práctica su despotismo como una forma inconsciente de lidiar con sus amarguras. Paulina trabaja en un supermercado como reponedora de la sección de perfumería, un trabajo sencillo, sin mayores preocupaciones, como el que ejercería una persona sin muchas aspiraciones, pero en el que puede expresar su verdadera profundidad, así, ordenar los perfumes según su color y construir algo armónico en ese pequeño mundo, aparece como un acto de rebeldía y liberación.

Pero es en la vivencia de Ramón que se expresa de mejor manera este tema. La historia nos cuenta cómo desde su infancia, Ramón suprimió sus verdaderos anhelos para complacer a su mamá y luego a los demás, hasta terminar como un alcohólico y trabajando en la fábrica de PVC. Finalmente, esta frustración lo hace renunciar y dedicarse a un trabajo en que puede estar realmente solo y liberarse de todo para dedicarse a contemplar el horizonte y las estrellas mientras cuida el cartel, convirtiéndose en una especie de sabio ermitaño. De parte de la comunidad de los blocks de departamentos en que habitaba, se produce la incomprensión y el rechazo hacia el camino seguido por Ramón, primero les causa risa, luego miedo y finalmente ira, actitudes que tejerán el desenlace del libro.

En base a todo esto algunas reflexiones. Lo primero es cómo los personajes no aparecen como simples representaciones de sus actividades laborales o sus espacios de trabajo, ni como esclavos de ellos, sino que en la mayoría de los casos existe una relación de mutua influencia. También puede darse el escape del trabajo para encontrar la libertad. Curiosamente en el caso de Ramón, esta búsqueda de libertad se materializa a través del ejercicio de otro trabajo, esta vez, uno que se ajusta mejor a sus propias aspiraciones, aunque a la larga esta actividad queda en un segundo plano… ¿Nos ocurre algo parecido en nuestros trabajos?

De una forma o de otra me parece interesante y también comparto la dualidad que los personajes experimentan en torno al trabajo de la misma manera en que lo hacemos muchos de nosotros ¿Constituye una prisión o un espacio de liberación? Al parecer ambas cosas, aunque este dilema nos acerca más la realidad. El trabajo como espacio de liberación depende de la dignidad de sus condiciones y también para algunos, entre los que me cuento, de la trascendencia personal y social de su propósito. En este punto me distanciaré de un aspecto del libro, pues en él la liberación del trabajo aparece como un acto de rebeldía individual y en alguna medida como un escape. Pienso que el mes de las y los trabajadores es un momento para reafirmar que solo a través de la conciencia y la unidad de la clase trabajadora podría conquistarse esa verdadera emancipación.

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Israel Fortune es profesor de Historia, coordinador general de librería En le Blanco y editor en América En Movimiento Ediciones.


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